11 Jun
11Jun

Queridos hermanos en nuestro Señor Jesucristo, en todos los estados de vida y vocación particular, podemos alcanzar la gloria eterna, en todos conservamos nuestra libertad para cumplir los mandamientos de la ley de Dios, las obligaciones de estado; pero es necesario, asumir las riendas de nuestra vida, hacer buen uso de nuestro libre albedrío, concientizarnos de los alcances de nuestras obras.

"Porque vosotros, hermanos, habéis sido llamados a libertad, solamente que no deis la libertad por ocasión de la carne, mas servíos unos a otros por la caridad del Espíritu. Porque toda la ley se resume en una palabra: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Mas si os mordéis, y os coméis los unos a los otros, guardaos no os consumáis los unos a los otros. Digo pues: Andad en Espíritu, y no cumpliréis los deseos de la carne." Gálatas V, 13. 

Por nuestro estado y vocación, no podemos eximirnos de cumplir la santa ley de Dios, todos estamos llamados a la bienaventuranza eterna, ese es el fin de nuestra estadía en la tierra, la razón de nuestra existencia, el motivo de nuestra vida, a saber: "El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su alma." San Ignacio de Loyola, ejercicios espirituales. 

¿Cómo pretender ser feliz, apartado del Autor de nuestra vida?... ¿Cómo buscar la plenitud alejado del fin de nuestra existencia?... Nuestro corazón, alma, entendimiento, y voluntad, reclaman la presencia de Dios, de donde emana la realización en este mundo conforme a la vocación particular, en cuanto la humana naturaleza lo permite. 

¿Quieres ser feliz? Guarda los mandamientos de la ley de Dios, corresponde a tu vocación, cumple tus obligaciones de estado, acrecienta tus dones, talentos y habilidades, en la medida que la Providencia te lo permita.

Invoquemos a la augusta Madre de Dios, pidamos con instancia, nos alcance las gracias necesarias para alcanzar nuestro bien eterno y temporal, imploremos la protección de los Santos de nuestra particular devoción, para amar y servir a Dios nuestro Señor en la presente vida, para verle y gozarle en la bienaventuranza eterna. 

"No te ruego, que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, así como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos con tu verdad. Tu palabra es la verdad." San Juan XVII, 15. 


Dios te bendiga.



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