20 May
20May

Queridos hermanos en nuestro Señor Jesucristo, en medio del mundo y las circunstancias particulares en que vivimos, es fundamental nunca olvidar el fin de nuestra estadía sobre la tierra, el motivo de nuestra existencia, la razón de nuestra vida, porque de ello se desprende nuestra cosmovisión, el sentido que tiene la prosperidad y la adversidad; en síntesis, el porqué vivir en este mundo. 

"El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su alma" San Ignacio de Loyola, ejercicios espirituales. 

Nosotros hemos nacido para la eternidad, para vivir por siempre en el cielo, para lo cual nos encontramos en una época de prueba, en un periodo donde seremos juzgados el día de nuestra muerte, dictándose una sentencia eterna de salvación o condenación, según sean nuestras obras y el estado en que hallamos muerto. 

"Luego mi fin no son precisamente las riquezas, los honores, las delicias; representar un papel brillante en el mundo, lucir, gozar, sino principalmente y ante todo servir a Dios; y servirle, no a mi antojo y capricho, sino como Él quiere que le sirva." San Ignacio de Loyola, ejercicios espirituales. 

De aquí la importancia de llevar con paciencia las tribulaciones, de no perdernos en los éxitos y logros de nuestra vida, el aprovechar el tiempo presente, el hacer amigos para la eternidad, el llevar una vida católica, el frecuentar los sagrados sacramentos; es decir, todo cobra sentido cuando contemplamos la eternidad y el fin de nuestra existencia. 

No olvidemos que el día de nuestra muerte, se presenta la separación del alma del cuerpo, este se corrompe y se convierte en polvo, mientras el alma es juzgada y recibe la sentencia eterna, pero al final de los tiempos el cuerpo resucitara para unirse nuevamente al alma, para vivir eternamente en el cielo o en el infierno. 

El verdadero peligro para nuestra existencia es el pecado mortal, pues es, el que nos aparta de la gracia de Dios, el que nos expone a la condenación eterna, el que nos puede encadenar al acto contrario a la ley de Dios en que reincidamos, el que nos hace esclavos de Satanás. 

"El pecado mortal es el mal, y, a decir verdad, el único mal, que existe, ya que todos los otros no son sino consecuencia o castigo de él." Tanquerey, manual de teología ascética y mística, no. 714, II. 

Nuestro fin es el cielo eterno, la razón de nuestra existencia es ir a gozar eternamente de Dios nuestro Señor, pero el gran óbice es el pecado mortal, del cual tenemos que cuidarnos, y es aquí, donde aprendemos a ver que la pobreza, la enfermedad, las calamidades o la muerte, no son el verdadero mal, sino el pecado mortal, porque es el que nos puede sepultar eternamente en el infierno. 

"En todo pecado, el hombre se deja influenciar por el seductor original. Todo pecador, al pecar, se pone del lado de los enemigos de Dios, siendo el diablo el primero de ellos. El pecador se somete al diablo cuando deja de obedecer a Dios. El hombre no puede salir de la siguiente alternativa: o se somete a Dios o queda sometido al diablo". Michael Schmaus, Teología Dogmática, tomo II, § 124, página 274.

Por esto vale la pena vivir en gracia de Dios, frecuentar los sacramentos, tener una verdadera devoción a la bendita Madre de Dios, instruirnos en nuestra fe católica, llevar con paciencia las tribulaciones, inmolarnos a los pies de Cristo, vivir católicamente. 

Roguemos a la augusta Madre de Dios, se digne concedernos la fortaleza para preservarnos de la corrupción del pecado mortal, la valentía para mantenernos en estado de gracia, la constancia para abrazar nuestra fe católica, y al final de nuestros días sobre esta tierra merecer la corona inmarcesible. 

"Reveló la misma Virgen María a santa Brígida, que no había en el mundo pecador tan enemigo de Dios, el cual si acudía a Ella e invocaba su auxilio, no volviese a recobrar de Dios la gracia." San Alfonso María de Ligorio, 'Las glorias de María', capítulo III, § 2º, página 114.

 

Dios te bendiga.



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