07 Mar
07Mar

Queridos hermanos en nuestro Señor Jesucristo, hemos nacido para la eternidad, por esto tenemos un alma que perdurará para siempre, la muerte en la presente vida es únicamente la separación del alma del cuerpo, pero el alma subsiste, y en la resurrección se volverá a unir nuestro cuerpo con el alma para vivir eternamente. "Y este es el testimonio, que Dios nos ha dado vida eterna. Y esta vida está en su Hijo." 1ª San Juan V, 11. 

El alma no puede terminar su existencia, por esto tenemos necesidad de la vida espiritual, de los sacramentos, de la mediación de la santísima Virgen María, de la devoción a los Santos, de una vida cristiana que asegure nuestra eterna bienaventuranza. "Y no temáis a los que matan el cuerpo, y no pueden matar el alma: temed antes al que puede echar el alma y el cuerpo en el infierno." San Mateo X, 28.

Estamos constituidos por un alma espiritual y un cuerpo material, nuestros días sobre la tierra son solo una etapa de nuestra vida, donde mereceremos el cielo eterno o el infierno, por lo cual, debemos guardar los sagrados mandamientos, sostener la fe verdadera, y cumplir con el fin de nuestra existencia, a saber: "El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su alma." San Ignacio de Loyola, 'ejercicios espirituales'. 

Requerimos de la meditación de las verdades eternas, de la lectura espiritual que nos recuerde el motivo de nuestra estadía en la tierra y el fin de nuestra existencia, que nos haga despertar de la vida simplemente terrena, en suma: requerimos vivir cristianamente con profesionalidad en los días presentes, usando del mundo tanto cuanto nos sea útil para nuestra salvación eterna, y dejando cuanto nos aparte de nuestro fin.

"Salvada el alma, todo está salvado; perdida el alma, todo está perdido, y perdido para siempre." San Antonio María Claret. 

Roguemos con instancia a la augusta Madre de Dios, fortalezca nuestra voluntad, memoria y entendimiento para vivir cristianamente, aparte de nosotros lo que nos separa de Dios; pidamos la intercesión de los Santos en bien de nuestras necesidades, hagamos bien lo que está de nuestra parte y es nuestra obligación. 

"Si en la hora de la muerte tenemos a María santísima de nuestra parte, ¿qué temor podremos tener de todos nuestros enemigos infernales?" San Alfonso María de Ligorio, 'Las glorias de María', capítulo II, § 3º, página 89. 


Dios te bendiga.



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