20 Jul
20Jul

Queridos hermanos en nuestro Señor Jesucristo, una de las cosas que más desgastan y restan energía en la vida espiritual, es la reincidencia en el pecado: debilita la voluntad, entorpece el entendimiento, disminuye la lozanía de la libertad, forma ataduras espirituales, paulatinamente  se va alejando del ideal de la vida católica. 

Conforme se reincide en el mal, el alma se va alejando de Dios, quedando bajo la influencia mortífera del pecado. Se acentúa la lucha entre los intereses de la carne y del espíritu, fuerzas que fluyen al interior de nosotros, donde el hombre se debe ejercitar en gobernarse a sí mismo por la razón y el fin último de nuestra existencia, sirviendo esta batalla de méritos para la gloria eterna.

"En todo pecado, el hombre se deja influenciar por el seductor original. Todo pecador, al pecar, se pone del lado de los enemigos de Dios, siendo el diablo el primero de ellos. El pecador se somete al diablo cuando deja de obedecer a Dios. El hombre no puede salir de la siguiente alternativa: o se somete a Dios o queda sometido al diablo". Michael Schmaus, Teología Dogmática, tomo II, § 124, página 274. 

No podemos rehuir el combate que se presenta al interior de nosotros, entre la carne y el espíritu, porque son los componentes de todo ser humano: "El hombre consta de dos partes esenciales: el cuerpo material y el alma espiritual (de fe)." Ludwig Ott, manual de teología dogmática, página 165; pero esta batalla interna es parte del sentido de nuestra vida, hemos sido creados para amar y servir a Dios nuestro Señor guardando sus santos mandamientos.

"Porque la carne codicia contra el espíritu, y el espíritu contra la carne, porque estas dos cosas son contrarias entre sí, para que no hagáis todas las cosas que quisiereis..." Gálatas V, 17.   

Es fundamental entendernos, comprender lo que realmente somos, como estamos constituidos, el fin de nuestra estadía en la tierra, lo cual se alcanza con el estudio de la doctrina católica, con la meditación de las verdades eternas, para una vez entendida nuestra realidad, darle sentido a nuestra existencia con la cosmovisión cristiana de la vida. 

¿Cómo vamos a realizarnos si ni siquiera sabemos lo que somos?... Ocupamos  los Sacramentos como medios de salvación eterna, la vida de oración, la meditación de las verdades eternas, la fe en la santa Misa, la devoción a la santísima Virgen María, orden de vida, la práctica de las virtudes, conocer los dones y talentos que hemos recibido para acrecentarlos.

"¿Cuándo, cuándo acabaré de decidirme? ¿Lo voy a dejar siempre para mañana? ¿Por qué no dar fin ahora mismo a la torpeza de mi vida?" San Agustín, Confesiones, libro VIII, capítulo XII, página 154. 

Roguemos a la augusta Madre de Dios, se digne bendecirnos, alcanzarnos las gracias necesarias para perseverar en la vida espiritual, para acrecentar nuestros dones y talentos, para realizarnos conforme al fin de nuestra existencia. 


Dios te bendiga.


 

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