14 Jan
14Jan

Queridos hermanos en Nuestro Señor Jesucristo, tomemos la firme resolución de seguir las enseñanzas del santo Evangelio, de vivir cristianamente en cada una de las circunstancias particulares que la Providencia tiene para cada uno de nosotros: "Velad, pues, sobre vosotros mismos, no suceda que se ofusquen vuestros corazones con la glotonería, y embriaguez, y los cuidados de esta vida, y os sobrecoja de repente aquel día, que será como un lazo que sorprenda a todos los que moran sobre la superficie de toda la tierra. Velad, pues, orando en todo tiempo, a fin desmerecer el evitar todos estos males venideros, y comparecer ante el Hijo del hombre." San Lucas XXI, 34. 

Nuestra vida es un tránsito a la eternidad, nuestra muerte es inminente, incierto el día y la hora, pero, tenemos que morir y entregar cuentas a Dios Nuestro Señor de cada una de nuestras obras. 

Debemos vivir como peregrinos en esta tierra, que de hecho lo somos, esforzándonos en merecer la eterna bienaventuranza: "Vanidad es buscar riquezas perecederas, y esperar en ellas. También es vanidad desear honras, y ensalzarse vanamente. Vanidad es seguir el apetito de la carne, y desear aquello por donde después te sea necesario ser castigado gravemente. Vanidad es desear larga vida, y no cuidar que sea buena. Vanidad es mirar solamente a esta presente vida, y no proveer a lo venidero. Vanidad es amar lo que tan presto se pasa, y no buscar con solicitud el gozo perdurable." Imitación de Cristo I, 1, 4. 

Nuestra vida en la tierra ha de terminar, para comenzar la eternidad en el cielo o en el infierno, ¡poco tiempo tenemos para merecer la bienaventuranza eterna!, no sabemos cuanto tiempo tenemos; trabajemos seriamente en nuestra santificación: "¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?" San Mateo 16, 26.

Procuremos con esmero rezar el Santo Rosario, despacio, atenta y devotamente, el cual es una señal de salvación eterna, un medio de santificación, una escalera para el cielo: 

"Aún cuando os hallaseis en el borde del abismo o tuvieseis ya un pie en el infierno; aunque hubieseis vendido vuestra alma al diablo; aun cuando fueseis un hereje endurecido y obstinado como un demonio, tarde o temprano os convertiréis y os salvaréis, con tal que (lo repito, y notad las palabras y los términos de mi consejo) recéis devotamente todos los días el Santo Rosario hasta la muerte, para conocer la verdad y obtener la contrición y el perdón de vuestros pecados." San Luis María G. de Montfort, El secreto del Rosario. 


Dios te bendiga.



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