16 Jan
16Jan

Queridos hermanos en nuestro Señor Jesucristo, hemos sido creados para amar y servir a Dios nuestro Señor en la presente vida, para verle y gozarle eternamente en el cielo; pero, ¿qué es el mundo con sus invitaciones, sugestiones, y tentaciones? Es un camino que nos aparta del cielo; por esto el mundo, el demonio y la carne hacen alianza para separarnos de la bienaventuranza eterna, lo cual es permitido por Dios, para tener merecimientos, para hacer uso de la libertad que se nos ha conferido, para ganar el cielo con nuestro libre albedrío y el auxilio de la gracia. 

Es muy importante entender el principio y fundamento del cual nos habla San Ignacio de Loyola, comprender el fin de nuestra existencia, la razón de nuestra estadía en la tierra, para poder obrar en consecuencia y no caer en las artimañas que nos tienden los enemigos de nuestra eterna salvación.

"Luego mi fin no son precisamente las riquezas, los honores, las delicias; representar un papel brillante en el mundo, lucir, gozar, sino principalmente y ante todo servir a Dios; y servirle, no a mi antojo y capricho, sino como Él quiere que le sirva." San Ignacio de Loyola, ejercicios espirituales. 

Cuando uno se compromete con el mundo y sus intereses, es tan fácil perder el sentido de la vida, extraviar el camino, apartarse de la vida de unión con Dios nuestro Señor, y algunas veces de muy buena intención, por no saber decir que no, por no poner límites sanos, por no defender nuestra paz y tranquilidad, ya que algunas personas se sirven del título de caridad para tener esclavos o personas que les sirvan fielmente, sirviéndose del santo nombre de Dios. 

¿Por qué sujetarnos a la esclavitud de la carne, del mundo y del demonio?... guardar los mandamientos nos permite gozar de la libertad de los hijos de Dios, vivir en estado de gracia nos permite llevar el buen olor de Cristo, pues el Autor de nuestra existencia viene a morar en nuestra alma, santificando nuestras obras con su presencia. 

"Jesús respondió, y le dijo: si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. El que no me ama, no guarda mis palabras." San Juan XIV, 23. 

Al principio parece un poco complicado guardar los mandamientos, pero es cuestión de empeño, de perseverancia, de hacer lo que está de nuestra parte y Dios nuestro Señor ha de venir en nuestro auxilio, de tal manera que cada uno alcancemos la perfección conforme a nuestro estado y condición. 

Roguemos a la augusta Madre de Dios, se digne bendecirnos y ayudarnos para vivir en estado de gracia, para llevar el buen olor de Cristo, de tal manera que cumplamos con nuestra misión en la tierra, y alcancemos la bienaventuranza eterna. 


Dios te bendiga.


    

Comentarios
* No se publicará la dirección de correo electrónico en el sitio web.