13 Jan
13Jan


1º Naturaleza. 

"Así como dispuso Dios que un placer fuera inherente al sustento, para mover al hombre a conservar su vida, quiso también que fuera unido un placer especial con los actos por los cuales se propaga la especie humana. 

Este placer es, pues, lícito para los casados, siempre que usen del matrimonio para el fin nobilísimo para el que fue instituido, a saber, para la transmisión de la vida; fuera de eso está rigorosamente prohibido. A pesar de esta prohibición hay en nosotros, especialmente desde la edad de la pubertad o de la adolescencia, una inclinación más o menos fuerte a gozar de ese placer aún fuera del matrimonio legítimo. 

Esta inclinación desordenada se llama lujuria, y está condenada en aquellos dos mandamientos: ‘No fornicar; no desear la mujer de su prójimo’. 

No están, pues, prohibidos solamente los actos exteriores, sino también los interiores consentidos, representaciones de la imaginación, pensamientos y deseos. Por la siguiente razón; porque, si nos detenemos deliberadamente en imaginaciones o en pensamientos deshonestos o malos deseos, túrbase la parte sensible, y se producen movimientos orgánicos que no son sino el preludio de actos contrarios a la pureza. Si pues queremos evitar esos actos, es necesario rechazar los pensamientos y las representaciones peligrosas de la imaginación. 


2º Gravedad de los pecados de lujuria.

A).- Cuando se intenta y se quiere directamente el placer prohibido, el voluptuoso, se comete pecado mortal. Verdaderamente, es una grave desorden poner en peligro la propagación de la especie humana. Y, una vez sentado el principio de que podemos lícitamente el goce de la carne con pensamientos, con palabras o con acciones fuera del uso legítimo del matrimonio, sería imposible poner un freno al ardor de esta pasión, cuyas exigencias crecen a medida que se le conceden los gustos que pide, y pronto se frustraría el fin intentado por el Criador. Esto es lo que además demuestra la experiencia: hartos jóvenes hay que se hicieron incapaces de transmitir la vida por haber abusado de su cuerpo. Por eso en el placer de la carne, directamente querido, no puede haber jamás parvedad de materia. 

B).- Pero hay casos en los que, sin intentarlo directamente, prodúcese el placer, como consecuencia de ciertos actos por lo demás buenos o, cuando menos, indiferentes. Si no se consiente en el deleite, y si, por otra parte, hay una razón suficiente para poner el acto que le ocasiona, no tenemos culpa, y no hay por qué alarmarse. Más, cuando los actos determinantes de esas sensaciones no son ni necesarios ni verdaderamente útiles, como son las lecturas peligrosas, las representaciones teatrales, las conversaciones frívolas, las danzas lascivas, es evidentemente que entregarse a ellos es un pecado de imprudencia, más o menos grave según la gravedad del desorden que se siguiere, y del peligro de consentir en él. 

C).- En el orden de la perfección no hay, después de la soberbia, obstáculo más grande para el adelantamiento espiritual que el vicio de la impureza.

  1. Ya sean pecados solitarios, ya pecados cometidos con otras personas, no tardan en producir hábitos tiránicos que paralizan todo intento de perfección, e inclinan la voluntad hacia los más groseros placeres. Piérdese el gusto de la oración y de la virtud austera; no se sienten jamás aspiraciones nobles y generosas.

  2. Apodérase del alma el egoísmo: el amor a los parientes y amigos se debilita y se extingue casi por completo; no queda sino el deseo de gozar, cueste lo que costare, de los placeres de la carne: es una verdadera obsesión.

  3. Rómpese el equilibrio de las facultades: toma el mando el cuerpo y el apetito sensual; la voluntad se convierte en esclava de tan vergonzosa pasión, y pronto se revuelve contra Dios que prohíbe y castiga los malos deleites.

  4. Pronto se deja sentir los tristes efectos de la abdicación de la voluntad: el entendimiento se embota y debilita, porque ha descendido la vida de la cabeza a los sentidos; ya no se tiene gusto por los estudios serios; la imaginación no se ocupa sino en cosas rastreras; el corazón se marchita poco a poco, se seca, se endurece, y ya no le atraen sino los deleites groseros.

  5. Muchas veces el mismo cuerpo queda herido: el sistema nervioso sobreexcitado por el abuso del placer, se irrita, se debilita y ‘no sirve para la función suya de regulación y de defensa’; los diversos órganos no funcionan sino imperfectamente; hácese mal la nutrición, las fuerzas se debilitan, y queda el lujurioso amenazado de consunción.

Es evidente que un alma tan desequilibrada, animando a un cuerpo débil, no puede soñar con la perfección; alejase de ella de día en día; por muy feliz ha de tenerse, si logra desasirse a tiempo de la pasión, y asegurar por lo menos su salvación. Importa mucho, pues, indicar algunos remedios de tan repugnante vicio. 


3º Remedios. 

Para vencer pasión tan nociva es menester: ideas firmes, huir de las ocasiones peligrosas, la mortificación y la oración.

A).- Ideas firmes acerca de la necesidad de luchar contra el vicio, y de la posibilidad de vencer.

  1. Lo que dijimos acerca de la gravedad del pecado de lujuria, muestra cuan necesario es que huyamos de él, si no queremos exponernos a eterna condenación. A esto pueden añadirse dos razones sacadas de San Pablo:

    • Somos templos vivos de la Santísima Trinidad, santificados con la presencia del Dios de toda santidad, y por una participación de la vida divina. No hay cosa que manche más ese templo, que el vicio de la impureza, que profana a la vez el cuerpo y el alma del bautizado.

    • Somos miembros de Jesucristo, al cual fuimos incorporados por el bautismo; debemos, por consiguiente, respetar nuestro cuerpo como el cuerpo mismo de Cristo. ¿Y seremos capaces de profanarle con actos contrarios a la pureza? ¿No será una especie de horrendo sacrilegio hacerlo así para procurarnos un placer grosero que nos rebaja al nivel de los brutos animales?

  2. Muchos hay que dicen ser imposible guardar la continencia. Así lo pensaba San Agustín antes de su conversión. Más una vez vuelto a Dios, y sostenido por los ejemplos de los Santos y la gracia de los Sacramentos, entendió no haber cosa imposible con la oración y la lucha. Y es entera verdad: somos por naturaleza tan débiles, y tiene tanta fuerza el deleite prohibido, que acabaríamos por perecer; más apoyándonos en la gracia divina, y esforzándonos con energía, venceremos las más fuertes tentaciones.- Y no se diga que la continencia en los jóvenes sea un peligro para la salud; los médicos decentes responden con el Congreso internacional de Bruselas (11º Congreso de la Confe. Internacionale, 1902): ‘Es menester sobre todo enseñar a la juventud masculina que, no solamente no son nocivas la castidad y la continencia, sino que aún son recomendables esas virtudes desde el punto de vista médico e higiénico.’ Verdaderamente, no se sabe de enfermedad alguna que provenga de la continencia, y, en cambio, hay muchas que tienen por causa la lujuria.


B).- La huida de las ocasiones.

Es un axioma espiritual que la castidad se conserva especialmente huyendo de las ocasiones peligrosas; cuando estamos convencidos de nuestra flaqueza, no nos exponemos inútilmente al peligro. Cuando las ocasiones no son necesarias, han de evitarse con cuidado so pena de caer: quien se pone en peligro, en él perecerá: ‘qui amat periculum in illo peribit’ (Eclesiástico III, 27). Cuando, pues, se trata de lecturas, de visitas, de encuentros, de espectáculos peligrosos, de los cuales podemos prescindir sin notable inconveniente, no hay que dudar; en vez de procurarlas, hemos de huir de ellas como de la vista de una serpiente venenosa. 

Por eso dice San Francisco de Sales que, si no se pudiere evitar el asistir a los bailes, se ha de estar en ellos con modestia, dignidad y buena intención; y para que estas diversiones peligrosas no despierten en el alma malas aficiones, es conveniente pensar que, mientras se está en el baile, muchas almas están abrasándose en el infierno por los pecados cometidos en el baile o con ocasión de él. ¡Cuanta mayor verdad no será eso hoy en que danzas exóticas y lúbricas han invadido muchos salones.! 


C).- Más hay ocasiones que no se pueden evitar, y son las que hallamos cada día en nosotros, y fuera de nosotros, y de las que no podemos salir triunfantes sino valiéndonos de la mortificación. Ya dijimos en qué consiste esta virtud, y como podemos ejercitarnos en ella. No podemos hacer otra cosa ahora que repetir algunas de sus prescripciones que se refieren especialmente a la castidad.

  1. Hemos de mortificar mucho la vista; porque las miradas imprudentes encienden los malos deseos, y éstos arrastran a la voluntad. Por esto dice Nuestro Señor que, quien mirare a una mujer para desearla, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón; ‘qui viderit mulierem ad concupiscendam eam, jam moechatus est in corde suo’; y añade que, si nuestro ojo derecho nos fuere ocasión de escándalo, hemos de sacárnosle, o sea, apartar enteramente la mirada del objeto que nos escandaliza. La modestia de los ojos es hoy tanto más necesaria cuanto que por todas parte podemos encontrarnos con personas o cosas a propósito para excitar la tentación.

  2. El sentido del tacto es aún más Peligroso, porque produce impresiones sensuales que fácilmente propenden a goces pecaminosos; es menester guardarse de los tocamientos y caricias que no pueden menos de excitar las pasiones.

  3. En cuanto a la imaginación y a la memoria. Para cortar las escapadas de la memoria y de la imaginación, cuidaremos primeramente de rechazar, sin contemplaciones y desde los comienzos, o sea, desde el momento mismo en que nos demos cuenta, las imaginaciones o recuerdos peligrosos, que, trayéndonos a la memoria un pasado un tanto escabroso, o transportándonos a un ambiente lleno de seducciones del presente o del porvenir, serían para nosotros un manantial de tentaciones. Más, como hay siempre una especie de determinismo psicológico, por el que pasamos de los vanos sueños a los que ya son peligrosos, hemos de prevenirnos contra esta concatenación mortificando los pensamientos inútiles, que ya de suyo nos hace perder el tiempo, y además preparan el camino para los más peligrosos aún: la mortificación de los pensamientos inútiles, dicen los Santos, es la muerte de los malos pensamientos.

    • El medio mejor para conseguirlo es poner toda la atención de nuestra alma en la obligación del momento, en nuestros quehaceres, estudios y ocupaciones habituales. Es también lo más apropósito para hacer bien lo que hacemos, el reconcentrar toda nuestra actividad en la obra que tenemos entre manos: age quod agis.- Tengan presente los jóvenes que, para adelantar en sus estudios así como en las demás obligaciones de su estado, es necesario que se den más al trabajo del entendimiento y del discurso, y menos al de las facultades sensitivas: de esta manera, además de labrarse un porvenir, evitarán los ensueños peligrosos.

    • Por último, es muy provechoso servirse de la imaginación y de la memoria para fomentar nuestra piedad, buscando en los Sagrados Libros, en las oraciones litúrgicas y en los autores espirituales, los pasajes más literarios, las comparaciones o imágenes más bellas, valiéndonos de la imaginación para ponernos en la presencia de Dios, y para representarnos con todos sus pormenores los misterios de Nuestro Señor y de la Santísima Virgen. De esta manera, lejos de atrofiar la imaginación, la llenaremos de piadosas especies que ocuparán el lugar de las que pudieran ser peligrosas, y nos preparemos para entender mejor, y mejor explicar a nuestros oyentes, las escenas evangélicas.

  4. También se ha de mortificar el corazón por medio de la lucha contra las amistades sensibles y peligrosas. Llegará el momento en que, los que se preparaban para el matrimonio, se unirán con amor legítimo, pero que ha de seguir siendo casto y sobrenatural; habrán de evitar, pues, las muestras de afecto que pudieran ser contrarias a las leyes de la decencia, y tendrán muy presente que su unión, para que Dios la bendiga, ha de ser pura. En cuanto a los que aún son demasiado jóvenes para pensar en el matrimonio, han de estar muy alerta contra las aficiones sensibles y sensuales que traen la molicie del corazón, y le disponen para peligrosas concesiones. No se puede jugar con el fuego. Y además, si el esposo exige, de la que ha de ser su mujer, pureza de corazón, ¿por qué no ha de guardar también puro el suyo?

  5. Por último, una de las mortificaciones más a propósito, es el aplicarse con energía y con constancia al cumplimiento de las obligaciones del propio estado. La ociosidad es mala consejera; el trabajo, por el contrario, absorbe toda nuestra actividad, y aparta de nuestra imaginación, de nuestro espíritu y de nuestro corazón los objetos peligrosos.


D).- La Oración.

  1. El Concilio de Trento nos enseña que Dios no manda cosas imposibles, sino que quiere que pongamos de nuestra parte cuanto podamos, y pidamos gracia para hacer lo que no podemos por nosotros mismos. Esto ha de aplicarse especialmente a la castidad que, para la mayor parte de los cristianos, aún para los constituidos en el santo estado del matrimonio, ofrece dificultades especiales. Para vencerlas es menester orar, y orar con frecuencia, y meditar sobre las verdades fundamentales: la frecuente elevación del alma a Dios nos va apartando poco a poco de los deleites sensuales para levantarnos a los goces puros y santos.

  2. Con la oración ha de ir unido el uso frecuente de los sacramentos.

    • Quien se confiesa a menudo, y se acusa sinceramente de los pecados o de las imprudencias que hubiere cometido contra la pureza, con la gracia de la absolución y los consejos que recibe conforta de extraordinario modo su voluntad contra las tentaciones.

    • Esa gracia se robustece aún más con la comunión frecuente: la unión íntima con Dios de toda santidad amortigua la concupiscencia, dispone mejor el alma para saborear los bienes espirituales, y la aparta de los deleites groseros.

    • Con la confesión y la comunión frecuente sanaba San Felipe Neri a los jóvenes dados al vicio de la impureza, y aun hoy no hay remedio más eficaz, ya para guardar, ya para robustecer la virtud.

    • Si tantos jóvenes del uno y del otro sexo se libran del contagio del vicio, es porque encuentran en las prácticas de piedad un arma contra las tentaciones que los asedian.

    • Cierto que esa arma exige valor, energía y esfuerzo continuo; pero con la oración, los sacramentos y una firme voluntad se vencen todos los obstáculos.”


Padre Adolphe Alfred Tanquerey, (1854-1932) Compendio de Teología Ascética y Mística, páginas 566-573



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