12 Jan
12Jan

Nos debemos guardar mucho de decir a otro: fulano dijo esto de vos; siendo cosa que le puede amargar. 


“No es mi intento tratar aquí de la murmuración, porque eso hacemos en otra parte; ahora solamente diremos una cosa de mucha importancia, que hace a nuestro propósito, y la advierte San Buenaventura. Así como uno se ha de guardar de murmurar y decir mal de otro; así se ha de guardar mucho de decir a nadie: fulano dijo esto de vos; siendo cosa que le puede dar disgusto; porque eso no sirve si no de enconar al uno con el otro, y sembrar discordia entre los hermanos, que es una cosa muy perjudicial y perniciosa, y como tal, dice el Sabio, que la aborrece mucho Dios: ‘Sex sunt, quae odit Domunus; et septinum detestatur anima ejus.’ Prove. VI. Seis cosas aborrece Dios: y la séptima, que aborrece de corazón y de que abomina mucho, dice que es esta: ‘Eum, qui seminat inter fratres discordias’: Al que siembra cizaña y discordia entre sus hermanos.

Como acá cuando aborrecemos mucho una cosa, decimos que la aborrecemos de corazón; así habla la Escritura a nuestro modo, para darnos a entender cuanto desagradan a Dios estos tales, y no solamente a Dios, sino a los hombres también. Esta es una cosa muy aborrecida: No sólo el que hace esto, sino el que tratare con él, dice el Sabio, que será aborrecido. Eccles. XXI. Estos son a los que llaman chismosos: esto es propiamente andar en chismerías, cosa indigna de hombres de bien, cuanto más de Religiosos: ‘Non apelleris susurro’, dice el Eclesiástico en el cap. 5: ‘No deis ocasión para que puedan decir que sois chismoso’. ¿Qué cosa puede haber en una comunidad más pernicioso y perjudicial, que ser un revoltoso, y andar revolviendo a sus hermanos unos con otros? Esa es cosa propia del demonio, porque ese es su oficio. 

Y adviértase aquí, que para revolver a uno con otro, no es menester que las cosas que se dicen sean graves; cosas muy pequeñas y menudas, y que algunas veces no llegan a culpa venial, bastan para eso: y así esto es con lo que ha de tener cuenta, no solo si la cosa que se dice o se refiere era de suyo grave o liviana, sino si es cosa que puede inquietar o contristar a vuestro hermano, y causar en él alguna acedia o desunión con el otro. Descuidóse uno en decir una palabrilla que daba a entender menos estima de alguno, o en letras, o ingenio, o en la virtud, o en el talento o en otra cosa semejante; y vais vos con mayor descuido a referírsela al otro ya veis, ¿qué estómago le puede hacer? Pensáis que no hacéis nada, y atravesáisle el corazón: ‘Verba susurronis quasi simplicia, et ipsa perveniunt ad intima ventris’, dice el Sabio Proverbios 26. Hay algunas cosas, que algunos no las suelen tener en nada, porque no sé por donde se las miraban, o es que no las miraban: y miradas por donde se han de mirar, hacen tan diferente aviso, que hay mucho temor y duda, si llegaron a pecado mortal, por los inconvenientes y malos efectos que de ahí se siguen; y esta es una de ellas. 

Y si decir estas cosas, y sembrar estas discordias entre los hermanos, es cosa tan perjudicial y tan perniciosa, y que tanto aborrece Dios; ¿qué sería, si sembrase esta cizaña entre los súbditos y el superior? Y si fuese causa de desunión entre los miembros y la cabeza, entre padres e hijos; ¿Cuánto más aborrecible sería eso a Dios, pues esto se hace también con semejantes palabras dichas del superior? Grande amor y reverencia tenían el rey David sus súbditos, y muy unidos estaban con él; y porque oyeron decir mal de él y de su gobierno a un mal hijo suyo Absalón, le negaron la obediencia, y se levantaron contra él. ¡O cuantas veces acontece que viviendo uno con muy buena fe, y teniendo mucho crédito de su superior, y juzgando muy bien de todas sus cosas, y fiando de él su alma y descubriéndole todo su corazón; por una sorda palabrilla que el otro dijo, se cae todo esto, y en su lugar suceden mil malicias, dobleces y juicios temerarios, recatos, murmuraciones, y algunas veces de tal manera cunde esto, que aquel lo pega a este, y este al otro, y el otro al otro! No se puede acabar de creer cuánto daño hacen algunas palabrillas de estas. 

Pero dirá alguno: Algunas veces le conviene al otro saber lo que se nota y dice de él, para que ande con recato, y no de ocasión. Verdad es, más entonces puédesele decir la cosa; pero no se le ha de declarar quién la dijo: y esto aunque se hubiese dicho en público, para que no se acuse a nadie, diciendo que otro se lo había de decir luego. Cada uno mirará para sí, y ¡ay de aquél por quien viniere el escándalo! Y aunque el otro importune mucho por saber quien dijo aquello, y sepáis que recibirá mucho gusto en ello, no se lo habéis de decir; que algunas veces engañó esto de dar contento al amigo. No es buena amistad esa; porque a él le hacéis mal en decírselo, y al otro también y a vos mismo más; porque quedáis con el escrúpulo del mal que hicisteis al uno y al otro. 

Entenderáse bien el mal e inconveniente que hay en esto; porque cuando uno avisa alguna falta de otro al superior, para que él con su paternal cuidado y providencia le pueda poner conveniente remedio, conforme a la regla que tenemos en ello, no quiere que el otro entienda, que él lo avisó, y el superior lo procura y debe procurar hacer así, para que no sea eso causa de alguna amaritud o disgusto entre los hermanos. Pues si aun cuando esto se hace legítimamente y conforme a la regla, y con caridad y deseo de mayor bien, con todo eso hay estos temores, y es menester todo este recato; ¿con cuánta mayor razón se debe temer estos inconvenientes, cuando uno descubre al que dijo la falta, no legítimamente ni conforme a regla, ni con celo de caridad, y con indiscreción y con mal modo; y por ventura algunas veces con alguna emulación o envidia, o con otros respetos no buenos, o que a lo menos el otro podrá imaginar que son tales? San Agustín alaba mucho a su madre santa Mónica, de que oyendo muchas veces de la una parte y de la otra quejas, y palabras de sentimiento y amargura, nunca refería cosa que hubiese oído de los unos a los otros, sino solamente lo que podía amansarlos y desenojarlos y reconciliarlos. Así lo habemos de hacer nosotros, siendo siempre ángeles de paz.” 


San Alonso Rodríguez, libro: ‘Ejercicios de perfección y virtudes cristianas’, [Medios para conservar la caridad] Tratado IV, capítulo 8.



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